
Las concepciones que sobre la esencia de los dioses tenían los antiguos se reflejan en las obras que hasta nosotros han llegado de los poetas griegos y latinos; la lectura de éstos es el mejor procedimiento para familiarizarnos con las ideas religiosas de aquellos pueblos, aparte de que los poetas contribuyeron en una importante medida a la definitiva elaboración de los mitos. En la cumbre de la poesía griega se sitúa, tanto en el orden del tiempo como en el de la importancia, el venerable Homero, el padre de los poetas, cuyas obras nos ofrecen un cuadro completo de la “ciudad de los dioses”, presidida por su señor y soberano Zeus.
En cuanto a su aspecto exterior, los dioses se nos aparecen aquí dotados ya de un cuerpo totalmente humano; sólo que eran imaginados con una forma mayor, más bella y majestuosa que la de los hombres, sin incurrir por ello en ninguna exageración de tipo monstruoso o fantástico.
Del mismo modo que los dioses superan a los hombres en estatura y belleza, les son asimismo muy superiores en fuerza y vigor. Cuando Zeus sacude sus divinos bucles, tiembla el Olimpo entero; y los demás dioses y diosas, aunque guardando siempre la debida proporción y armonía, están también provistos de unas fuerzas corporales fuera de comparación con las humanas. Cierto es que su corporeidad los ata al espacio, y por tanto no pueden ser omnipresentes; pero esta vinculación espacial no representa para ellos una limitación comparable a la que sufren los mortales, pues tienen la facultad de recorrer las mayores distancias con la rapidez del rayo. En un abrir y cerrar de ojos se traslada Atenea desde las rocosas cimas del Olimpo a las playas de Ítaca, y a Posidón, el señor de los mares, le bastan tres o cuatro pasos para salvar la distancia que separa la Samotracia de la ciudad de Egas, en la isla de Eubea.

Añádase a ello la circunstancia de que los dioses alcanzan, con su vista y oído, a distancias incomparablemente mayores que los hombres. En cuanto al oír, parecen incluso no conocer límite alguno, pues en todos lugares se les dirigen plegarias sin que éstas requieran su presencia personal. Asimismo, Zeus, desde su encumbrado trono en el Olimpo, advierte todo lo que hacen los hombres, y sentado en la cumbre más elevada del Ida puede seguir todos los pormenores de la batalla encendida alrededor de los muros de Troya.
En cambio, los dioses están sometidos a las mismas necesidades corporales que los hombres: deben reparar sus fuerzas con el sueño y necesitan comer y beber como cualquier mortal. Hay que observar, sin embargo, que también a este respecto son más libres que los humanos, pues pueden resistir mucho más tiempo que éstos sin satisfacer las exigencias de su cuerpo. Su comida no es tanto tan vulgar como la humana, pues sólo se alimentan de néctar y ambrosía. Y del mismo modo que no pueden pasar sin alimento, también necesitan vestidos, a cuya elección y adorno las diosas dedican una especial atención, análogas en ello, como en tantas otras cosas, a las mujeres humanas. El arte tardío demostró una especial preferencia a representar a los dioses con muy ligero atuendo, o incluso completamente desnudos; pero sería un error deducir de ello que la antigua creencia popular se imaginaba a las divinidades andando desnudas por el mundo.
Puesto que los dioses poseían un cuerpo parecido al de los hombres también debían nacer como éstos y crecer y desarrollarse del mismo modo, tanto física como espiritualmente. Sólo que aquí también las cosas discurren con maravillosa rapidez. Así, por ejemplo, el recién nacido Hermes salta de su cuna para ir a robar los bueyes de Apolo, y habiendo sido dado a luz por la mañana, por la tarde había ya inventado la lira y se entretenía tocando con ella. Apolo, a las pocas horas de nacer, apenas ha recibido la ambrosía y el néctar de manos de Temis, se desarrolla hasta convertirse en un joven en la plenitud de sus facultades, y empuña los instrumentos que desde entonces serían sus atributos: el arco y la “forminx” o lira. Peor la más importante ventaja que los dioses poseen sobre los humanos consiste en que, una vez llegados a la plenitud de sus fuerzas físicas y espirituales, no envejecen nunca, sino que se conservan eternamente jóvenes y bellos, jamás son afligidos por dolencia o enfermedad de ninguna clase, ni pueden ser nunca presa de la muerte. Por oposición a la estirpe de los hombres, sujeta a tantos tormentos y miserias, ellos son los felices, los bienaventurados, a quienes nada cuesta satisfacer cada uno de sus deseos. Lo cual implica que ocasionalmente no puedan también sentir dolor o sufrir aflicción. Del mismo modo que su cuerpo es vulnerable, también su alma está expuesta a toda clase de impresiones penosas, habida cuenta, sobre todo, de que los griegos hicieron a sus dioses accesibles a las mismas pasiones que agitan los corazones de los humanos.
En cuanto a sus facultades espirituales, huelga decir que son con mucho superiores a las nuestras. Desde el punto de vista de la moral, están muy por encima de los hombres; aborrecen todo lo malo, impuro e injusto, y, en consecuencia, castigan las maldades e injusticias cometidas por los mortales; mas por ello no puede tampoco deducirse que no sean a veces capaces de incurrir en toda clase de faltas y locuras, como mentira, odio, envidia, crueldad, celos, etc. Por tanto, los dioses antiguos no son seres sagrados en el mismo sentido en que nosotros concebimos a la divinidad, y tampoco son todopoderosos y omniscientes. A menudo grande es su poder y “mucho es lo que saben”: pueden intervenir a capricho en el curso de la naturaleza, provocar de repente tempestades, enviar pestes y otras plagas, transformarse o transformar a otros como mejor se les antoje, hacer, en una palabra, todo lo que se lee en los cuentos de hadas; pero hasta el propio Zeus, cuyas fuerzas alcanzan a mucho más que las de los restantes dioses, y de cuya voluntad y decisiones depende el orden entero del universo, está a su vez sometido a la voluntad del destino, fijada desde la eternidad, y tampoco queda del todo excluida la posibilidad de engañarlo y esquivar con astucia sus decretos.
En cuanto a las ocupaciones de los dioses, en realidad su vida pasa en un dulce “far niente”; lo mismo que los poderosos y ricos de este mundo, procuran matar el tiempo con toda clase de diversiones y entretenimientos, siguiendo cada uno sus propios gustos y aficiones. La comida suelen tomarla en común, por lo menos los dioses celestes, y a este objeto se congregan en el espléndido palacio de Zeus, emplazado en las aéreas cumbres del Olimpo. Allí, servidos por Hebe, se recrean con las melodías que Apolo arranca a su cítara y con los dulces cantos de las Musas, y se entretienen con alegres y amenas conversaciones. Verdad es que estas reuniones no siempre discurren con la paz y serenidad que podría suponerse. No es raro, en efecto, que entre los altos dioses estallen rencillas y rencores, y para romper la monotonía de la existencia divina a veces traman entre sí pequeñas conjuraciones, como la que concertó Hera con Posidón y Atenea con Zeus y fue desbaratada por Tetis, sobre la cual nos habla el primer libro de la Ilíada.
Finalmente, todos los dioses y diosas, para guardar en todo punto la semejanza con el mundo terrenal, están unidos en una gran comunidad, cuya cabeza y centro visible es el padre de los hombres y rey de los dioses: Zeus. Sin embargo, éste es más especialmente el soberano de las divinidades celestes, mientras que los dioses del mar y de las aguas están subordinados a Posidón y los de la tierra y del mundo subterráneo lo están a Hades.
