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Mitología griega

Religión, mitología y espagueti con albóndigas
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HELIO, SELENE y EOS (01)

De la unión del titán Hiperión, hijo de Urano y Gea, con su herman Teia o Euritesa, nacieron tres hijos, HELIO (el Sol), SELENE, (la Luna) y EOS (La Aurora)

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Aunque los griegos consideraban a Apolo como el dios de la luz solar, el astro propiamente dicho fue personificado por una divinidad específica: HELIO. El culto de Helio se remonta, en Grecia, a una época muy remota, y se extendió a la totalidad del territorio: Élide, Apolonia, acrópolis de Corinto, Argos, Trecén, Cabo, Ténaro, Atenas, Tracia y, finalmente, como lugar más destacado, la isla de Rodas, consagrada especialmente al dios, donde había una estatua colosal de Helio, obra del escultor Cares; media 35 metros, y los barcos podían pasar con las velas desplegadas por entre las piernas del coloso.

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Contábase que Helio, a quien habían dado muerte sus tíos, los Titanes, ahogándolo en el océano, fue trasladado a los cielos, donde se convirtió en el astro luminoso.

Cada mañana salía Helio, por Oriente de un pantano que forma el Océano en el lejano país de Etiopía. En su carro de oro, que fabricó Hefesto, las Horas uncían los alados corceles, de resplandeciente blancura, que arrojaban llamas por su nariz y cada uno de los cuales tenía su nombre. Lampón, Faetonte, Crono Aetón, Astrope, Bronte, Piroeis, Eoo y Flegonte. El dios empuñaba las riendas e iniciaba su recorrido por la bóveda celeste. “Arrastrado en su rápido carro, ilumina a la vez a los dioses y a los hombres; por su casco de oro lanzan sus ojos formidables relámpagos; centelleantes rayos se escapan de su pecho, y su luciente casco despide vivo resplandor; en torno a su cuerpo brilla un ropaje ligero, agitado al soplo del viento”.

Después de alcanzar, a mediodía, el punto más alto de su carrera, el carro de Helio comenzaba a descender hacia Occidente, y al término de la jornada rendía viaje en el país de las Hespérides, donde parecía sumergirse en el Océano. En realidad, el dios encontraba allí una barca –o una copa de oro- fabricada por Hefesto, en la que lo aguardaban su madre, su esposa y sus hijos; navegaba toda la noche, y al día siguiente se hallaba de nuevo en su punto de partida.

Como residencia de Helio se citaba también la Isla de Ea, donde vivían sus hijos: Eetes y Circe. Se contaba también que sus caballos descansaban en la Isla de los Bienaventurados, en el borde occidental de la Tierra, donde se alimentaban con una hierba mágica.

Helio tuvo otras posesiones en la Tierra. Cuando los dioses se repartieron el mundo, Helio, que estaba ausente, no fue incluido en el reparto. Quejóse de ello a Zeus, y entonces se le asignó una isla que apenas comenzaba a emerger de las aguas; la llamó Rodas, por se éste el nombre de la ninfa Rodo, a quien amaba.

En cierta ocasión estalló un altercado entre Posidón y Helio, que se disputaban el istmo de Corinto. Los dos querellantes eligieron como árbitro al gigante Brioreo, quién zanjó el asunto atribuyendo a Posidón el Istmo, y reservando el Acrocorinto para Helio. Posteriormente, éste cedió su parte a Afrodita.

Además de sus caballos, helio poseía otros animales, que tenía en la isla Trinacria. Eran siete rebaños de bueyes y otros siete de cabras de hermoso vellón, cada uno de los cuales constaba de cincuenta cabezas. Esta cifra no se alteró jamás, de igual forma que se mantuvo constante la de trescientos cincuenta días y trescientas cincuenta noches del año primitivo. La custodia de estos rebaños fue confiada a dos hijas del dios: Faetusa y Lampetia, que vieron un día cómo llegaban a su territorio Ulises y sus compañeros, los cuales, contraviniendo las órdenes de su jefe, se atrevieron a profanar el ganado divino. “Dando caza a las hermosas ternera de ancha frente que pacían no lejos de la azulada proa, las mataron, cortaron sus carnes en trozos y las pusieron en asadores”. Lampetia corrió a informar a Helio, quien se quejó a los dioses, amenazándolos con sumergirse en las profundidades del Hades e iluminar a los muertos. Zeus lo tranquilizó con la promesa de traspasar con sus rayos a tan insensatos mortales.

Dios de la luz, Helio era también el dios que lo ve todo y lo sabe todo. De él pudo decirse lo que Píndaro de Apolo; “Es el dios que escruta los corazones, el infalible, a quien no pueden engañar los inmortales ni los morales, ni con sus acciones ni con sus secretos pensamientos”. Análogamente, Shamash era, entre los asiriobabilonios, el dios que descubre los delitos de los malvados. A helio nada se le oculta; lo mismo cuando comunica a Deméter el rapto de su hija, que cuando revela a Hefesto la traición de Afrodita.

Helio tuvo muchas esposas: la oceánida Perse, que le dio dos hijos, Eates y Perses, y dos hijas, Circe y Pasífae. Nerea, que dio a luz a Faetusa y Lampetia, las dos guardianas de sus rebaños. La ninfa Rodo, ee la que tuvo siete hijos, los Helíadas, y una hija, Electríone. Los Helíadas se distinguieron por su aguda inteligencia, y se les atribuía el perfeccionamiento de las construcciones navales, así como la división del día en horas. Uno de ellos, Tenagis, especialmente dotado, provocó la animosidad y celos de sus hermanos, que acabaron por darle muerte. Después de este asesinato, los Helíadas se dispersaron por las islas próximas a Rodas.

Aún podemos mencionar, entre las esposas de Helio, a Gea, de la que tuvo un hijo, Aquello; Ifínoe (Ifíboe) o Naupídama, madre de Augias, y, por último, Clímene, esposa de Mérope, rey de los etíopes, la cual le dio siete hijas, las Helíades, y un hijo, Faetonte.

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La hermana de Helio, SELENE, conocida también como Mene, iluminaba con su corona de oro la atmósfera en tinieblas. Al atardecer, cuando su hermano terminaba su recorrido, comenzaba el suyo la divina Selene de amplias alas: “Después de bañar su hermoso cuerpo en el Océano, se ponía resplandecientes vestiduras y ascendía por el cielo, en un carro tirado por hermosos corceles”. A veces se la podía ver montando un caballo, un mulo e incluso un toro.

Aunque suele ser considerada como hija de Hiperión y Teia, o Euritesa, en ciertas ocasiones se le asigna como padre a Helio o al mismo Zeus.

Su belleza le granjeó el amor del dios de los dioses, del que concibió tres hijos: Pandia, “notable, entre los inmortales por su hermosura”; Erse (el Rocío) y Nemea. A propósito de esta última, se contaba que el león de Nemea nació también de la unión de zeus y Selene, y cayó de la Luna a la Tierra.

Un nuevo amor de Selene fue el del dios Pan, que adoptó la forma de un carnero blanco y atrajo a su amada al fondo de un bosque de Arcadia.

Sin embargo, la leyenda ha hecho especial hincapié en los amores de Selene y Endimión. Su relato difería, según fuera explicado en Élide o en Carias. En Élide se decía que Endimión era un rey del país, cuya tumba se mostraba en Olimpia; de su unión con Selene nacieron cincuenta hijas. Y según la tradición caria, Endimión era un joven príncipe que, encontrándose un día de caza, se detuvo a descansar en una fresca cueva del Monte Latmo, donde se quedó dormido. Lo vio Selene, y, cautivada por su hermosura, se aprovechó de su sueño para robarle un beso. Este sueño de Endimión también lo explica la leyenda refiriendo que al admitir Zeus a su nieto en el Olimpo, pues era hijo de Etlio y de Calice, Endimión faltó al respeto a Hera puesto que se atrevió a aspirar al amor de la diosa, por lo que fue condenado a un sueño perpetuo. Pero según la versión más conocida, Zeus permitió a Endimión que eligiera la clase de vida que más le agradara y eligió la de vivir eternamente dormido y ajeno, por tanto, a la muerte y al despertar.

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Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que la fiel Selene bajaba invariablemente cada noche a contemplar en silencio a su dormido amante. Así, los amistosos rayos de la luna vienen cotidianamente a acariciar el sueño de los humanos.

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Ciertos mitólogos entienden que el mito de Endimión trata del Sol Poniente que se sumerge en las aguas del Océano o en la caverna de Latmos para dormir en el seno de la Noche. Allí representa el Sol que deja de brillar para esparcir la bellaza de su luz sobre la tierra, en el Ocaso, momento en que sale la Luna, que lo contempla con arrobamiento. En cuanto a las cincuenta hijas habidas de la unión de los dos amantes, se refiere a las 50 Lunas que se contaban de una a otra Olimpiada.
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HELIO, SELENE y EOS (02)

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El tercer hijo nacido de la pareja de los Titanes Hiperión y Teia fue EOS, la personificación mitológica de la Aurora. Todos los días surge, al Oriente del Océano, en donde habita con su esposo Titón, y en su brillante carro, tirado por dos o por cuatro caballos blancos y alados se eleva en el cielo anunciando la vuelta de la luz solar y esparciendo sobre la tierra las ráfagas de luz rosada a las que se refiere el epíteto homérico “la de los dedos de rosa”, simbolizando estas ráfagas en los dedos abiertos de una mano extendida.

Los mitos helénicos la presentan como una diosa cuya hermosura era admiración de la Naturaleza, ensalzando su grata frescura, su brillo incomparable y su rápido paso por el cielo. El arte la representa dirigiendo su cuadriga que se eleva de las ondas del mar, coronada de rayos con una estrella en la frente y precedida de su hijo Eósforos (la estrella de la mañana), genio alado de radiada frente que vuela ante el carro de su madre. Otras veces se la representa sola con brillantes y sutiles vestiduras volando y derramando con una urna o una hidra el rocío en forma de rosas, que humedece la Tierra.

Titón, enamorado de la belleza de Eos, la sedujo y ella lo raptó de la Tierra, y lo condujo a su luminosa morada, en las márgenes del Océano, haciéndolo su esposo, después de obtener de Zeus la inmortalidad para su esposo. Olvidóse de pedir además la eterna juventud, y la vejez empezó a hacer estragos en Titón, que no podían contener los cuidados de Eos, que lo alimentaba con ambrosía y lo adornaba con las mejores galas. Titón llegó a la decrepitud y sólo le quedó la voz aguda, semejante a la de la chicharra, y según otras tradiciones, en cigarra fue convertido por los dioses al apiadarse de su situación. Titón quedó como una personificación de la decrepitud, y según la fábula se trataba de un rey de Etiopía o de un héroe troyano.

Tuvo de Eos a Memnón, que, según Homero, fue el más hermoso guerrero que tomó parte en la guerra de Troya, aliado con los troyanos después de la muerte de Héctor y fue muerto por Aquiles. Eos lloró eternamente la muerte de su hijo y de aquí otra de las explicaciones del rocío, formado por las lágrimas vertidas por el hijo muerto. Probablemente este héroe, responde a una antigua divinidad asiática. En efecto, Memnón era considerado como fundador de Susa, donde se mostraba su tumba, y también pasaba por haber construido la muralla de Babilonia. Era venerado también en Egipto, donde su nombre sirvió para denominar una estatua parlante, de colosal tamaño, existente en Tebas. De Titón también tuvo por hijo a Ematión. Cuéntase que éste reinó en Arabia y fue muerto por Heracles.

Eos figura también en las leyendas de Céfalo, Clito y Orion, de los que se enamoró y a los que, como a Titón, arrebataba en su carro, conduciéndolos al cielo o, según otra versión, a Etiopía. Su fatalidad de prendarse de los mortales jóvenes y hermosos fue (según una leyenda) castigo impuesto por Afrodita en venganza por el amor que sintió Ares hacia ella.

Una tradición supone a Céfalo hijo de Deión, rey de Fócida, y descendiente de Eolo, que se casó con Procis, hija de Erecteo y como él aficionada a la caza. Los esposos se adoraban, pero un día en que Céfalo salió al amanecer para practicar su afición favorita, se encontró con Eos, que lo llevó, prendada de él, a un lugar desconocido. Viendo que Céfalo se resistía a su amor, le persuadió de que probara la fidelidad de su esposa y que si ésta era débil, quebrantara él a su vez su fidelidad. Céfalo se presentó a Procis disfrazado de extranjero rico, y ella, abrumada finalmente por los halagos y ofertas, cayó en el lazo que se le tendía. Aterrada cuando el esposo se dio a conocer, corrió al lado de Artemisa, quien le regaló una jabalina de certeros disparos y un perro llamado Lélapos, al que no se le escapaba ninguna presa, y después de disfrazarla, le ordenó que buscara a su esposo y lo desafiase a cazar. Céfalo, vencido, mostró grandes deseos de poseer aquél perro y aquella jabalina, ofreciendo por ellos su amor, a lo que accedió Procis, descubriéndose y consiguiendo la reconciliación. Pero Procis, teniendo celos aún de Eos, a quien esperaba sorprender con Céfalo, se escondió detrás de una enredadera. Céfalo vio que las ramas se movían y creyendo que se trataba de algún animal, disparó una flecha que mató a Procis. Según una versión, Céfalo se arrojó al mar desesperado, en el promontorio de Leucade, y según otra, el asesino tuvo que comparecer ante el tribunal del Areópago, que lo desterró de Atenas y entonces se refugió al lado de Anfitrión, rey de Tebas, el que auxilió en una guerra contra los teleboenos, recibiendo como recompensa la isla que después tomó el nombre de Cefalonia.

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VIENTOS

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En la representación del espacio, los vientos juegan un papel esencial. La Teogonía de Hesíodo opone los vientos nacidos de los dioses para provecho de los mortales y los soplos furiosos nacidos del cuerpo de Tifeo para desgracia y angustia de los hombres. Los primeros son hijos de Aurora (Eôs), la luz eternamente renovada del nuevo día, y Astreo, el estallido luminoso del cielo nocturno. Los vientos son cuatro: Céfiro, el viento del oeste, Bóreas, el viento del norte, Notos, que sopla desde el sur y Euros o Argestes, el viento del este. Apostados en las cuatro esquinas de un cielo luminoso en el que todos los astros son visibles, tanto de día como de noche, los vientos regulares contribuyen a organizar los trabajos humanos y a trazar las rutas de la navegación. Cada uno de ellos tiene su función: soplar en un determinado período del año o a unas horas fijas cada día. Algunos trazan los caminos en el mar y están incluso especializados en determinadas travesías. Asociados al ciclo de los trabajos y las estaciones, inauguran la época de la navegación, los intercambios y el comercio; favorecen la maduración de los frutos y se considera que fecundan los rebaños. Algunos, portadores de vida, psicotropos, realizan la siembra de almas cuando llega la estación.

Por el contrario, los vientos desatados no tienen nombre, ni nada que pueda desmentir su confusión. Nacidos salvajes del cadáver monstruoso de Tifeo, son los auxiliares del desorden, las potencias del caos. Soplando al azar, insensatamente, tienen el mismo comportamiento que las bacantes: todos juntos se agitan y llevan a cabo una danza furiosa. Y cuando las Pléyades se hunden en el mar cubierto de niebla, se suspende cualquier navegación, pues todo tipo de soplos, confundidos, se lanzan los unos sobre los otros. Vientos de tempestad, pero también vientos destructores de las cosechas y de los frutos, vientos que traen enfermedades y contra los cuales es necesario recurrir a extraños sacrificios: fosas abiertas en el suelo, sangre derramada de la noche, encantamientos pronunciados por Medea.
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POLICLETO

La escuela de Argos, en el Peloponeso, que siempre se había distinguido por la perfección de sus bronces, tuvo en época clásica, entre 460 y 420, un maestro digno de codearse con el propio Fideas. Esta nueva gran figura del arte clásico es el broncista POLICLETO. La misma naturaleza del material que comúnmente trabaja y que él aún consigue perfeccionar al decir de Plinio, condicionan en parte la temática de su obra. Añádase a esto una subida afición por los temas atléticos, afición que le lleva, como a Píndaro, a producir una obra de escasa variedad, pero riquísima en matices. Su atención gira constantemente en torno a los problemas de la representación escultórica del cuerpo humano desnudo; y esto es lo que le diferencia radicalmente de Fidias, más preocupado por dar a su obra un contenido espiritual, que por la esmerada corrección de sus proporciones.

Policleto se distingue además por una vocación teorizante que va enlazada con un vehemente afán didáctico. Antes de ofrecer al público su obra maestra, el escultor edita un libro que había de tener enorme repercusión en la historia de las ideas estéticas de los griegos; y el título de este libro es “Kanon” (norma). Los pasajes que de él se conservan, incorporados en libros de naturaleza diversa, prueban que encerraba los resultados de un minucioso estudio de las proporciones del cuerpo humano, partiendo del concepto básico de symmetría, o lo que es lo mismo, la relación armónica de las partes, unas con otras y cada una con su conjunto: “ (Chrysippos) cree que lo bello no consiste en la symmetría de los elementos, sino en la de las partes del cuerpo, es decir, en la relación de un dedo con otro y la de todos ellos con el metacarpo y carpo, y en la éstos con el antebrazo, y en la del antebrazo con el brazo, hasta concertar el total de las medidas, conforme está escrito en el Kanon de Polykleitos”.

Como demostración de los principios expuestos en su libro, Policleto hizo la estatua de un joven lancero, el Doriforo, probablemente Aquiles, que sirvió de modelo a muchísimos artistas, los cuales le llamaban “canon”, como al libro. De él han llegado a nosotros una porción de copias, entre las que destacan dos del Museo de Nápoles: la una es un mármol procedente de la palestra helenística de Pompeya; la otra, un busto de bronce que aparentemente refleja con gran exactitud los rasgos de la cabeza del original, aun cuando el copista Apollonios lo firma como obra propia.

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Doriforo. Museo de Nápoles

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El Doríforo reúne todas las aportaciones de Policleto al arte de la escultura. El maestro debió trabajar en él entre los años 450 y 440. La diferencia entre la función de las piernas, una de las cuales sostiene al cuerpo mientras la otra descansa, diferencia iniciada ya por los escultores del primer periodo clásico, se hace ahora más profunda y clara; la pierna exonerada es llevada muy atrás y sólo toca el suelo con los dedos del pie. De este modo, la figura gana profundidad en el espacio y da una impresión más viva de movimiento. Por haber perfeccionado así una actitud tradicional, Policleto pasaba más tarde por autor de la idea de que las estatuas gravitasen en una sola pierna. El brazo que lleva la lanza se dirige hacia adelante y penetra en una capa del espacio distinta de la que el cuerpo ocupa, quedando como enlace entre una y otra la línea oblicua de la lanza. En medio de todas estas innovaciones, Policleto respeta y reafirma el principio tradicional de que toda estatua debe ofrecer el contorno que pueda ser observado en toda su belleza y las líneas verticales, horizontales y oblicuas revelen con absoluta limpieza la armonía de su composición. Este punto de vista, naturalmente, se encuentra frente a la estatua, como cuando la ley de la frontalidad dominaba la plástica. Junto a un misterioso modelo artimético que los estudios modernos no han conseguido aún esclarecer, Policleto sintió un interés análogo al de los filósofos de su tiempo por las cuestiones geométricas, a lo cual pueden ser debidos algunos rasgos de naturaleza geométrica que se observan en el Doríforo; por ejemplo, las curvas del pliegue inguinal y del arco torácico son segmentos de circunferencias cuyos centros coinciden con el ombligo; la forma esférica de la cabeza ha hecho recordar que Platón en el Timeo aventura la hipótesis de que los dioses habían dado esa forma a la porción más noble del ser humano como imagen de la figura del Universo. El pelo que recubre el cráneo se ciñe a él en pequeños bucles planos dispuestos con un elevado sentido ornamental, pero sin interrumpir en ninguna parte su perfecto contorno esférico; en fin, la vertical que divide la cara por su centro se compone de tres segmentos iguales: uno de ellos corresponde a la frente, otro a la nariz, y el tercero, a la región de la boca.

Además de estas peculiaridades, el Doríforo y las restantes estatuas de Policleto observan rigurosamente el principio de la articulación, por lo cual se acentúa mucho las divisiones de los brazos y piernas, el borde inferior de los pectorales, la cintura y el pliegue inguinal.

El Diadumeno no era tampoco la efigie de un atleta, sino probablemente la del dios Apolo, en el acto de atarse a la cabeza la cinta de los campeones. Esta nueva creación pertenece a época más avanzada que el Doríforo, acaso al decenio 440.430, y se distingue de su hermano mayor por la más marcada curvatura del eje del torso, por sus piernas más cortas y por la dulce expresión de su rostro. Parece que Policleto al dar a su obra este carácter espiritual se dejó guiar por el arte ético de Fidias; sin embargo, en este nuevo aspecto los antiguos no le reconocían mérito alguno. Quintiliano, tomando estos conceptos de Jenócrates, alaba el esmero y la finura de invención y composición de sus obras, pero le niega el poder de reflejar la majestad de los dioses. A pesar de su simple grandeza humana, el Diadumeno pasaba con justicia por una de las mejores estatuas de su género en el arte antiguo. Del bronce original se conserva en el Museo del Prado la más bella de las copias romanas, con al que sólo puede compararse otra del Museo Nacional de Atenas que tiene los dos brazos, aunque sin manos, en su actitud correcta (en la copia del Prado el brazo derecho, que debería verse doblado como el izquierdo, es una equivocada restauración del siglo XVII).

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Diadúmeno. Museo Nacional de Atenas

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Diadúmeno. Museo del Prado

Entre las estatuas de campeones olímpicos que se debían al cincel de Policleto, Pausanias cita la de un muchacho de Mantinea, llamado Kyniskos, que en la olimpiada del año 460 había ganado el premio de pugilato. Por un afortunado azar, el pedestal de esta escultura con su inscripción y la huella de los pies del atleta, ha sido recuperado en las excavaciones de Olimpia y ha venido a demostrar que el efebo de Westmacott, en el Museo Británico, es una copia del Kyniskos de Policleto, como ya con anterioridad se suponía.

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Efebo de Westmacott. Museo Británico

Al mismo maestro se atribuye el “Narciso” (Louvre, Prado, etc.), el Ungidor Petworth, y, hasta hace poco, también el célebre Idolino (Florencia, Ufizzi), que hoy ya no se considera original clásico, sino obra ecléctica (cabeza policlética, más cuerpo lisípeo) del helenismo final y perteneciente a un género de estatuas portadoras de lámparas.

Por lo menos en dos ocasiones esculpió figuras femeninas: la estatua crisoelefantina de la Hera de Argos y, mucho antes, la Amazona de Efeso. La Hera de Argos fue encargada al maestro el año 423 para sustituir a un viejo ídolo de la misma diosa. Su tamaño era tres vece mayor que el natural y, por tanto, muy inferior al de los colosos de Fidias. Tampoco de esta obra conocemos copia alguna, a no ser las pequeñas figuras que aparecen en las monedas romanas de Argos.
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EL CERTAMEN DE LAS AMAZONAS

Según refiere el naturalista Plinio, unos cuantos escultures de gran renombre habían hecho estatuas de Amazonas para el Artemision de Efeso. Antes de conceder los premios se les preguntó a los artistas de los mismos cuál era la Amazona que cada uno juzgaba más hermosa después de la suya propia, y por este escrutinio se llegó al siguiente resultado: primera, la de Policleto; a continuación, la de Fidias; en tercer lugar, la de Krésilas, y, probablemente, en cuarto, la de Phradmon.

La anécdota, tal y como está contada, tiene todos los visos de ser una invención literaria, pero responde al hecho cierto de que el Artemision había adquirido estatuas de Amazonas de los más altos maestro clásicos (en el mismo Efeso ha aparecido un relieve con la reproducción de una de ellas).

Repartidas por los actuales museos se encuentran copias probables de todas estas Amazonas, que coinciden en vestir una túnica corta; sus actitudes parecen las de suplicantes que después de un combate llegan al templo heridas o agotadas por el esfuerzo, solicitando la protección de la diosas Artemis.

Pero el estilo de unas y otras difiere bastante. La que más recuerda a Policleto es la Amazona Capitolina, que, apoyada en su lanza, muestra la herida que lleva en el pecho, sin que el dolor altere la serenidad del rostro. En su actitud y en su expresión de suave melancolía se descubre el estilo tardío de Policleto, semejante al del Ungidor y al del efebo de Westmacott. La Amazona de Fidias (Amazona Mattei) se apoya también en una lanza con objeto de no cargar la pierna izquierda, herida en el muslo. El tipo de muchacha representado aquí no posee la robusta constitución atlética que hace de la Amazona de Policleto la imagen ideal de una de aquellas jóvenes dorias que alternaban con los hombres en los ejercicios gimnásticos, sino una más femenina agilidad. Cuestión muy dudosa es la de que los jueces hubieran dado la palma del certamen a Policleto, según refiere Plinio. A Krésilas corresponde, en cambio, la Amazona de Copenhague-Berlín, apoyada en un pilar; algún tiempo se creyó que ésta era la amazona que Policleto había hecho, porque imita el paso característico de sus estatuas. Finalmente, a Phradmón se atribuye la Amazona Doria-Panfili, la cual recuerda un poco a la de Krésilas, pero con bastantes caracteres arcaicos y rasgos que demuestran el origen argivo de su autor. La Amazona de Fidias parece obra del año 438; la de Policleto, del 430; la de Krésilas es necesariamente posterior a ambas.

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VENUS Y ADONIS 01
(según la “Metamorfosis” de Publio Ovidio Nasón, Libro X/vv. 519-559)

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El tiempo transcurre de un modo insensible; nada hay más veloz que los años. Él, que era hijo de su hermana (Ciniras) y de su abuelo, el que hacía poco estaba encerrado en un árbol, el que hacía poco había nacido y el que ayer todavía era un bello recién nacido, helo ahora ya hecho un mancebo; ya es un hombre, y he aquí que es más bello que él mismo; he aquí que agrada a la misma Venus y en ella se venga de la pasión de su madre. Porque, mientras el dios-niño que lleva el carcaj daba besos a su madre, sin darse cuenta le rozó el pecho con una saeta que sobresalía; herida, apartó con su mano al hijo; pero la herida era más profunda de lo que parecía y ella misma, de momento, se equivocó. Seducida por la belleza de un hombre, ya no se acuerda de las playas de Citerea, ya no frecuenta Pafos, rodeada de un mar profundo, ni de Gnido, abundante en peces, ni de Amatonte, abundante en metales. Tampoco se acerca por el cielo, pues prefiere a Adonis. Le sigue, se hace su compañera inseparable; acostumbrada siempre a descansar bajo la sombra y a realzar su belleza con su galanura, va errante, arremangada su túnica hasta las rodillas, como Diana, por las cumbres, por los bosques y por las rocas cubiertas de matorrales; excita a los perros y persigue a los animales que pueden capturarse sin peligro: las liebres, prontas a huir con la cabeza agachada; los ciervos de alta cornamenta, o inquieta a los gamos; se mantiene a distancia de los temibles jabalíes, de los lobos rapaces, de los osos, armados de garras, y de los leones, que se sacian con la sangre de los rebaños. A ti también te aconseja, Adonis, para que los temas, por si de algo pueden servirte sus consejos, y te dice: “Sé valiente con los que huyen; contra los audaces no hay audacia segura. Guárdate, ¡oh joven!, de mostrarte temerario con el peligro; no ataques a los animales a los que la naturaleza ha armado, no sea que tu gloria me cueste cara. N tu juventud ni tu belleza, que han seducido a Venus, sabrán conmover a los leones, a los hirsutos jabalíes, ni a los ojos y corazones de las fieras. En sus afiliados colmillos llevan el rayo los intrépidos jabalíes; los rubios leones poseen el ímpetu y la furia, y su raza me es odiosa:” Como él le preguntara la causa, le contestó: “Te lo contaré y te admirarás del prodigio, castigo de un antiguo crimen. Pero me encuentro fatigada por una ocupación contraria a mis hábitos y he aquí un oportuno álamo nos invita con su sombra y el césped nos proporciona un lecho; quiero tenderme aquí, en el suelo, contigo; y se tendió y oprimió la hierba y a su amante; con la cabeza puesta sobre el pecho del joven, volviéndose hacia atrás, ella habla de este modo, cortando a menudo sus palabras con sus besos:

“Sin duda habrás oído hablar de que había una mujer que vencía en los concursos de carreras a los hombres más veloces; eso que se cuenta no es fábula, pues los ganaba a todos. Y no podrías decir si era más extraordinaria por la gloria de sus pies o por el prestigio de su belleza. Cuando, un día, preguntaba a un dios si debía casarse, éste le contestó: “Atalanta, tú no necesitas un marido, huye del contacto de un marido. Y, no obstante, no te escaparás y, sin dejar de vivir, dejarás de ser tú misma.” Aterrorizada por la respuesta del dios, la doncella se va a vivir a los sombríos bosques; a las instancias de los pretendientes, que acuden en gran cantidad, opone con gran violencia una condición que los ahuyenta diciendo: ”No he de pertenecer a nadie si antes no me ha vencido en la carrera; competid conmigo con los pies. Al más veloz le será concedida mi mano y mi lecho; aquellos a quines venza, pagarán la derrota con sus vidas; tal será la ley del certamen.” Estas condiciones eran crueles, pero tan grande era el atractivo de su hermosura que una gran multitud de pretendientes temerarios aceptaron estas condiciones. Hipódemes se había sentado como espectador de la desigual carrera y se decía: “¿Es posible que afronte tan gran peligro para conquistar a una esposa?” Y condenaba el amor insensato de aquellos jóvenes. Pero cuando vio el rostro de Atalanta y el cuerpo despojado de sus velos, semejante al mío o al tuyo, si fueses mujer, se quedó atónito y, levantando las manos, dijo: “Perdonadme vosotros a quienes antes acusaba; todavía no conocía el premio al que aspirabais”. Al hacer esta alabanza de su cuerpo, se inflama y desea que ninguno de los jóvenes corra a mayor velocidad, haciéndole temer los celos. Dijo entonces: “¿Por qué voy a dejar de probar fortuna en este certamen?” El mismo dios ayuda a los audaces”. Mientras Hipómenes se consulta, la doncella vuela con pies que parecen alas. Y aunque parecíale al joven aonio que ella se movía con más rapidez que una flecha de Escitia, sin embargo, admira todavía más su belleza, a la que la carrera da mayor realce. La brisa lleva hacia atrás las ligaduras de las rápidas sandalias y los cabellos sea agitan sobre su espalda de marfil y bajo sus corvejones las cintas con franjas de colores que adornan sus rodillas. La virginal blancura de su cuerpo había enrojecido, del mismo modo que la blancura de un atrio refleja los tintes de púrpura del toldo con el que se le ha cubierto. Mientras el extranjero observa este espectáculo es traspasado el último término de la carrera y la vencedora Atalanta se ciñe la corona de las fiestas. Los vencidos gimen y sufren el castigo, según lo pactado.

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Sin embargo, Hipómenes no se espanta por la triste suerte de aquéllos y, lanzándose al centro con los ojos fijos en la doncella, le dice: “¿Por qué buscas una victoria fácil venciendo a los débiles? ¡Lucha conmigo! Si la suerte me concede la ventaja, no te avergonzarás de ser vencida por un hombre de esta clase. Yo tengo por padre a Megareo, hijo de Onquesto; soy bisnieto de Neptuno, el rey de las aguas, y mi valor no se queda a la zaga de mi linaje; y si me vences, obtendrás una grande y memorable victoria por haber vencido a Hipómenes.” Mientras tales cosas dice, mira con tiernos ojos a la hija de Esqueneo, la cual duda si prefiere ser vencida o vencer, y dice así: “¿Qué dios enemigo de la belleza quiere perder, pues, a este joven y le obliga, con peligro de su preciosa existencia, a buscar esta unión? Según mi parecer, no valgo tanto. Y no me conmueve su belleza (también eso hubiera podido conmoverme), sino el que sea todavía un jovencito; no me enternece él, sino su edad. ¿Y qué, si es el cuarto en la línea directa del rey de los mares? ¿Y qué, si me ama y tiene en gran valor nuestro matrimonio, hasta el punto de estar dispuesto a morir si una suerte adversa me impide ser suya? Mientras es posible, extranjero, huye y renuncia al tálamo que te trae sangre. Mi unión conyugal es cruel; no habrá mujer que no te quiera por marido, y con razón puede desearte una doncella. ¿Mas por qué, sin embargo, me intereso por ti, luego de haber perecido ya tanto otros? Él lo verá: que perezca, ya que no ha quedado advertido con la muerte de tantos pretendientes y está hastiado de la vida. ¿Morirá, pues, porque ha querido vivir conmigo y con una muerte inmerecida pagará el precio del amor? M victoria me atraerá un odio intolerable. Pero no es culpa mía. ¡Ojalá desistieras! O, ya que eres un insensato, ¡ojalá fueses más veloz! Pero ¡qué expresión original hay en su rostro juvenil! ¡Ah infeliz Hipómedes! Querría que no me hubieses visto. Eres digno de vivir; y si fuere más afortunada y los hados hostiles no se opusieran a mi matrimonio, tú serías el único con el que querría compartir el lecho.” Esto había dicho e, inexperta, herida por primera vez por el dios del deseo, ignorando lo que siente, ama sin darse cuenta del amor.

(continuará)
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VENUS Y ADONIS 02
(continuación)

Ya piden las carreras acostumbradas el pueblo y el padre, cuando el descendiente de Neptuno, Hipómenes, me invoca con voz inquietante: “Suplico a Citerea que me asista en mi audacia y favorezca este fuego que en mí ha provocado.” Una brisa favorable me trajo estos dulces ruegos, los cuales me conmovieron, lo confieso, con lo que mi ayuda no se hizo esperar. Hay un campo al que los naturales llaman de Tamaso, el territorio más rico de la isla de Chipre, que los antiguos me lo consagraron y añadieron este presente a mis templos. En el centro del campo resplandece un árbol de dorada copa con ramas que crujen de oro. Yo llegaba precisamente de este lugar, llevando en mis manos tres manzanas de oro que había cogido; invisible para todos, con excepción de Hipómenes, le abordé y le indiqué lo que tenía que hacer. Las trompetas habían dado la señal cuando, inclinados hacia delante uno y otra, saltan de la barrera y con sus rápidos pies rozan la superficie de la arena. Parecía que podía rozar a pie seco el mar sin mojarse y correr por encima de un campo de espigas sin doblarlas. El joven es animado con exclamaciones de simpatía; se le grita: “Ahora es la ocasión de apretar. ¡Hipómenes, rápido!, es el momento de dar todo tu esfuerzo. ¡No pierdas un instante y serás el vencedor!” Es cosa dudosa si con estas palabras de aliento se alegra más el hijo de Megareo o la doncella, hija de Esqueneo. ¡Oh, cuántas veces, pudiendo pasar delante, ella se ha retrasado para mirar el rostro querido y ha dejado de mirarle a disgusto. Mas la fatiga empieza a secar la boca de Hipómenes, que jadea, y la meta se halla todavía lejos; entonces, por fin, el descendiente de Neptuno arroja uno de los frutos de mi árbol. Se sorprende la doncella, atraída por la reluciente manzana; se detiene en medio de la carrera y recoge el oro que rueda por el suelo. Hipómenes pasa delante; los aplausos hacen retumbar el recinto del espectáculo. Ella, con sus pasos rápidos, vuelve a recobrar el terreno perdido por esta parada y de nuevo deja atrás al joven; retardada otra vez por una segunda manzana arrojada delante de ella, la recoge y la vuelve a pasar delante. Quedaba la última parte de la carrera; él grita: “¡Oh, diosa! ¡Tú que me has hecho este regalo, asísteme ahora!, y hacia un lado de la arena, para que ella tarda más en regresar a la pista, lanza en sentido oblicuo con todo su vigor juvenil el brillante oro. La doncella parece que dudaba en ir en su busca, pero yo la obligué a que lo recogiera y añadí a su peso el de la manzana recogida, haciendo que tuviera en contra suya este peso y el tiempo perdido; y para que mi relato no sea más lento que la misma carrera, la doncella fue dejada atrás y el vencedor se casó con ella, que era el precio de la competición.

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¿No era yo, Adonis, digna de que se me dieran las gracias y de que se me honrara con incienso? Pero el olvidadizo ni me dio las gracias ni me ofreció incienso. Rápidamente monté en cólera y, doliéndome del desprecio, para no ser desdeñada por futuras generaciones, resolví hacer un escarmiento, incitándome yo misma contra ambos. Un día pasaban por delante de un templo que en otro tiempo el ilustre Esquión, cumpliendo un voto, erigió en honor de la madre de los dioses, el cual se hallaba rodeado de espesos bosques, cuando la larga caminata les invitó a descansar. Allí, Hipómedes fue acometido por el deseo intempestivo de un amoroso concúbito que mi voluntad hizo despertar en él. Cerca del templo había un recinto, débilmente iluminado, semejante a una gruta con una bóveda natural de piedra porosa, el cual era venerado desde tiempos antiguos como lugar sagrado, en donde el sacerdote había reunido viejas estatuas de madera representando a diversas divinidades. Hipómenes penetró en este santuario y lo mancilló con su indigna profanación. Las imágenes sagradas volvieron los ojos; la madre de los dioses, con su frente coronada de torres, dudó si sumergir a los culpables en las aguas de la Estigia, pero le pareció que el castigo sería todavía muy débil; de modo que sus cuellos, antes tan suaves, se cubren de rubios y largos pelos, sus dedos se curvan en forma de garfios, de las espaldas les salen patas, todo el peso se concentra en el pecho, con la punta de la cola barren el polvo. El rostro se les llena de ira; en vez de palabras lanzan rugidos; en lugar de habitar en casas, lo hacen en bosques; se habían convertido en leones, que, temibles para todos, aprietan sus dientes y están sometidos al freno de la diosa Cibeles. Huye de ellos, bienamado, como de todas las fieras salvajes que, en lugar de volver la espalda para huir, presentan el pecho para combatir, no sea que tu valor nos perjudique a todos.

Ella le aconsejó de este modo y, aparejando los cisnes, emprende el camino de los aires; pero el valor es contrario a los consejos. Por casualidad, habiendo seguido las huellas de un jabalí, los perros le sacaron de su madriguera y, cuando estaba a punto de salir del bosque, el joven hijo de Ciniras le traspasó con un tiro oblicuo. Al instante, el feroz jabalí, con su curvado hocico, hace caer el venablo teñido de sangre y, mientras Adonis tiembla y busca un refugio, le persigue y le hunde en la ingle todos sus dientes, derribándole moribundo sobre la rubia arena. Llevada a través de los aires sobre su ligero carro, Citerea no había llegado todavía a Chipre, a donde la llevan las alas de sus cisnes; y cuando desde los aires le ve exánime y revolviendo su cuerpo sobre la propia sangre, al instante salta a tierra, arranca los velos de su seno, se mesa los cabellos y se golpea el pecho con las manos, tan poco hechas para esto, y, quejándose de los hados, dijo: “No, todo no está sometido a vuestras leyes; quedará siempre, Adonis, el recuerdo de mi dolor; la escena de tu muerte, representada periódicamente, recordará cada año mis lamentaciones. Pero tu sangre se transformará en flor. ¿Pudiste tú, Perséfone, en otros tiempos, transformar un cuerpo femenino en olorosa menta, y a mi se me criticará que yo dé una nueva forma al hijo de Ciniras?” Luego de hablar así, roció la sangre con néctar aromático; a este contacto se hinchó como una burbuja transparente que desde el fondo de un pantano sube a la superficie amarillenta de las aguas; y no había transcurrido una hora, cuando de la sangre se formó un flor del mismo color, como la de un granado, que oculta en sus frutos los granos bajo una ligera membrana; pero no es larga su vida, porque , no adherida con fuerza y caduca a causa de su ligereza, se la llevan los mismos que le dan su nombre, los vientos (1).

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(1) Ovidio hace derivar el nombre de la anémona de la palabra griega αυεμος = viento)
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ERISICTÓN
(según la “Metamorfosis” de Publio Ovidio Nasón, Libro VIII/vv. 725-776)

Leléx había dejado de hablar y el asunto y el autor del relato habían conmovido a todos, en especial a Teseo. Y al querer escuchar los hechos portentosos de los dioses, el río de Calidón, apoyado sobre su codo, le dijo estas palabras: “¡Oh el más valiente de los héroes!, hay cuerpos que, metamorfoseados una vez, permanecen en su nuevo estado; los hay que tienen el derecho a cambiar de formas, como tú. Porque te han visto ya como un joven, ya como un león; ahora eras un furioso jabalí, ahora una serpiente a la que temían haber tocado; tan pronto unos cuernos te hacían un toro; a menudo podías parecer una piedra, a menudo también un árbol; a veces, imitando una corriente de agua, eras un río; a menudo, con una forma contraria a las aguas, eras fuego.

La esposa de Autólico, la hija de Erisictón, gozaba del mismo privilegio. El padre de ésta era el que despreciaba el poder de los dioses y no quemaba ningún perfume en los altares; se dice, además, que había violado con un hacha en la mano un bosque de Ceres y con el hierro había profanado los sagrados árboles. Entre éstos había una encima enorme, de tronco añoso, viniendo a ser como un bosque ella sola; la ceñían cintas y tablillas conmemorativas y guirnaldas, testimonios de votos satisfechos. A menudo, bajo ella, las dríadas ejecutaron los coros festivos de sus danzas; a menudo también, con sus manos enlazadas, se alinearon en círculo alrededor de su tronco y su medida abarcaba quince brazos y sobrepasaba a los otros árboles tanto como éstos sobrepasaban a la hierba que crecía bajo su sombra. Pero nada detuvo al hijo de Triopas de llevar allí el hierro, y ordenó a sus servidores que cortaran el sagrado tronco; al verlos vacilar en cumplir sus órdenes, el perverso le arrebata a uno de ellos el hacha y le dice estas palabras: “No solamente a la amada de la diosa, sino que aunque fuera la misma diosas, tocará la tierra con su frondosa copa.” Dijo esto, y mientras el arma asesta golpes oblicuos la encina de Ceres se estremeció y gimió; y al mismo tiempo empezaron a palidecer sus adornos y sus largas ramas. Cuando en su tronco la mano sacrílega hizo una herida, la corteza hendida dejó escapar sangre del mismo modo que un enorme toro suele, cuando cae víctima ante el altar, derramar su sangre de su cuello destrozado.

Todos se sobrecogen de espanto y uno de ellos se atreve a detener el sacrilegio y apartar la terrible hacha de dos filos. El de Tesalia le mira y le dice: “Toma el premio de tu alma piadosa”, y vuelve el arma del árbol contra el hombre y le corta la cabeza; y volviendo sus golpes contra la encima, sale del centro de ella esta voz: “Bajo esta madera, yo soy una ninfa muy grata a Ceres, y al morir te vaticino que se acerca el castigo de tus acciones, consuelo de mi muerte” Él prosigue su crimen y al fin, quebrantado por los innumerables golpes y mediante los tirones de unas cuerdas, el árbol se abate, aplastando bajo su peso gran parte del bosque.

EL HAMBRE (vv. 777-842)

Habiéndose quedado atónitas todas las dríadas por su pérdida y la de los bosques, llorando por su hermana, se presentan a Ceres con los vestidos negros y piden el castigo de Erisictón. Ella asintió y, bellísima, con el movimiento de su cabeza, arruinó los campos repletos de exuberantes mieses; ingenia una clase de castigo que moviera a compasión del culpable si sus crímenes no le hubiesen hecho indigno de la piedad: desgarrarle con la peste del hambre. Como la misma diosa no puede acercarse, porque los hados no permiten que coincidan a la vez Ceres y el Hambre, llama a una divinidad del monte, una rústica oréada, con estas palabras: “Hay en la extremidad de Escitia un lugar glacial, un país triste, estéril, sin frutos, una tierra sin árboles; habitan allí el Frío inerte, la Palidez, el Temblor y el Hambre en ayunas. Ordena que penetre en las entrañas criminales del sacrílego; que no se deje vencer por la abundancia de los alimentos y que luche conmigo hasta que triunfe mi poder; y para que no te espante lo largo del camino a recorrer, toma mi carro, toma mis dragones, a los que gobernarás con el freno en lo alto de los cielos.” Y se los entrega. Ella llevada por los aires en el carro que se le ha entregado, llegó a Escitia y, en la cima de una alta montaña (la llaman Caúcaso), aligeró el cuello de la serpientes; y vio al Hambre, a quien buscaba, en un campo pedregoso, que arrancaba con las uñas y los dientes las escasas hierbas. Su cabello era hirsuto; sus ojos, hundidos; el rostro, pálido; los labios, blanqueados por la suciedad de una barba; la garganta, áspera por la ronquera; su piel, dura, a través de la cual podían apreciarse sus entrañas; sus huesos, descarnados, sobresalían bajo la curva de la región lumbar; el hueco del vientre se hallaba en vez del vientre; podrías creer que el pecho le colgaba y que no se sostenía más que por el enrejado de la espina dorsal. Su delgadez había hecho sobresalir sus articulaciones, y la rueda de las rodillas estaba hinchada y los talones presentaban una enorme protuberancia. Cuando la ninfa la vio a lo lejos, pues no se atrevió a acercarse mucho, le transmitió las órdenes de la diosa; y al detenerse un poco, aunque se hallaba alejada, aunque acababa de llegar, no obstante, le pareció que sentía hambre y, dando vuelta a las riendas en lo alto de los cielos, condujo los dragones a Hemonia.

El Hambre, aunque siempre es contraria a la obra de Ceres, ejecutó la órdenes de ésta y, transportada por el viento a través del éter, se trasladó a la casa que se le había ordenado y al instante entró en la cámara del sacrílego; mientras se hallaba sumido en un profundo sueño (era de noche), le estrecha entre sus brazos, entra dentro del hombre por el aliento; le sopla en la garganta, en el pecho y en la boca y le esparce el ayuno dentro de las venas vacías; y una vez cumplida la misión, abandona el mundo fecundo y regresa a su morada miserable, en los campos que le son familiares.

Todavía el dulce sueño acaricia a Erisictón con sus plácidas alas; él, bajo la imagen del sueño, busca alimentos y en vano mueve diente con diente cansándose y atormentando a su garganta con una comida imaginaria; en vez de una comida, devora sin provecho el aire impalpable. Pero cuando ha desaparecido el sueño, se apodera de él un furioso deseo de comer y reina en sus fauces ávidas y en sus entrañas sin fondo. Y sin tardanza pide lo que el mar, la tierra y el aire producen; se queda del ayuno ante las mesas y busca comida tras comida; y lo que podía ser suficiente para unas ciudades, a todo un pueblo, no basta para un solo hombre; y desea más cuanto más introduce en el vientre. Y como el mar recibe los ríos de toda la tierra y no se sacia de aguas y bebe corrientes de extraños contornos, y como el voraz fuego jamás rehúsa alimento y consume innumerables troncos, y cuando mayor es la abundancia, más pide y es más voraz por la misma gran cantidad, así la boca del sacrílego Erisictón recibe todos los alimentos y, al mismo tiempo, los pide; toda comida en él es causa de comida, y siempre está vacío en él, al comer, el lugar que recibe los alimentos.

LA HIJA DE ERISICTÓN (vv. 843-884)

Ya había disminuido el patrimonio por su feroz hambre y la voracidad de su profundo vientre, pero permanecía sin saciar su hambre cruel e, implacable, subsistía la llama de su gula. Y al final, lanzados todos sus bienes dentro de sus entrañas, le quedaba una hija, no merecedora de tal padre. También le vendió en su indigencia; rehúsa, altiva, un dueño, y tendiendo sus manos sobre el mar vecino, dice: “Arrebátame de mi dueño, tú que tuviste el privilegio de arrebatarme la virginidad”; tal la había poseído Neptuno. Y aceptado su ruego, aunque en ese momento la ha visto el dueño, que la sigue, la metamorfosea y le da un rostro de hombro y el modo de vestir propio de los que van a pescar. El dueño, mirándola, dice: “¡Oh tú, que ocultas el bronce que pende con un poco de comida, que gobiernas la caña con destreza, ojalá que encuentres el mar siempre en calma y, bajo sus aguas, al pez siempre crédulo y ninguno se dé cuenta del anzuelo sino después de clavarse! Dime en dónde está la que con un vestido pobre y con los cabellos revueltos estuvo en estas orillas, pues yo he visto que estaba aquí y sus huellas no pasan de aquí.” La joven se dio cuenta de que la protección del dios surtía efecto y, alegrándose de que a ella misma le pregunte por ella, responde con estas palabras al que le pregunta: “Perdona, quienquiera que seas; no he apartado mis ojos desde las aguas profundas a parte alguna y he estado pendiente de mi trabajo. Y para que dudes menos, así el dios del mar me ayude en este oficio como que ninguno, excepto yo, ni hombre ni mujer, se ha detenido en esta orilla.” El dueño la creyó, volviendo sobre sus pasos, pisoteó la arena y, engañado, se marchó; a ella le fue devuelta su propia figura.

Pero cuando se dio cuenta de que la nieta de Triopas, su hija, tenía el cuerpo que se metamorfoseaba a menudo, la entrega a un nuevo dueño; mas ella, ahora en yegua, ahora en pájaro, ya en buey, ya en ciervo, se transformaba y proporcionaba a su insaciable padre unos alimentos adquiridos por medio de un fraude. Sin embargo, después de que la fuerza de su mal había consumido toda la materia y había dado una nueva comida a su grave enfermedad, él mismo empezó a arrancarse a mordiscos sus miembros, y el infeliz alimentaba a su cuerpo disminuyéndolo.
parmenas
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de la cultura helenica los filosofos que mas interesantes son para mi por su pensamiento es platon y aristoteles
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karandash
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Atenea

y sin duda, mi relato preferido el de Céfiro y Jacinto
[font="Century Gothic"]:) KаРаНдАщ:) [/font]


Я не думаю, что ты не любил.
Ты ушёл, а я ждал.
Ты ушёл, и жизнь ушла,
Но весна меня спасла.


[font="Tahoma"]
Мальчик что случилось между нами? что вдруг любовь закончилась… Что случилось с мной? Что случилось с тобой? Я не знаю но ты начинаешь быть моей болью.
[/font]
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