De la unión del titán Hiperión, hijo de Urano y Gea, con su herman Teia o Euritesa, nacieron tres hijos, HELIO (el Sol), SELENE, (la Luna) y EOS (La Aurora)

Aunque los griegos consideraban a Apolo como el dios de la luz solar, el astro propiamente dicho fue personificado por una divinidad específica: HELIO. El culto de Helio se remonta, en Grecia, a una época muy remota, y se extendió a la totalidad del territorio: Élide, Apolonia, acrópolis de Corinto, Argos, Trecén, Cabo, Ténaro, Atenas, Tracia y, finalmente, como lugar más destacado, la isla de Rodas, consagrada especialmente al dios, donde había una estatua colosal de Helio, obra del escultor Cares; media 35 metros, y los barcos podían pasar con las velas desplegadas por entre las piernas del coloso.

Contábase que Helio, a quien habían dado muerte sus tíos, los Titanes, ahogándolo en el océano, fue trasladado a los cielos, donde se convirtió en el astro luminoso.
Cada mañana salía Helio, por Oriente de un pantano que forma el Océano en el lejano país de Etiopía. En su carro de oro, que fabricó Hefesto, las Horas uncían los alados corceles, de resplandeciente blancura, que arrojaban llamas por su nariz y cada uno de los cuales tenía su nombre. Lampón, Faetonte, Crono Aetón, Astrope, Bronte, Piroeis, Eoo y Flegonte. El dios empuñaba las riendas e iniciaba su recorrido por la bóveda celeste. “Arrastrado en su rápido carro, ilumina a la vez a los dioses y a los hombres; por su casco de oro lanzan sus ojos formidables relámpagos; centelleantes rayos se escapan de su pecho, y su luciente casco despide vivo resplandor; en torno a su cuerpo brilla un ropaje ligero, agitado al soplo del viento”.
Después de alcanzar, a mediodía, el punto más alto de su carrera, el carro de Helio comenzaba a descender hacia Occidente, y al término de la jornada rendía viaje en el país de las Hespérides, donde parecía sumergirse en el Océano. En realidad, el dios encontraba allí una barca –o una copa de oro- fabricada por Hefesto, en la que lo aguardaban su madre, su esposa y sus hijos; navegaba toda la noche, y al día siguiente se hallaba de nuevo en su punto de partida.
Como residencia de Helio se citaba también la Isla de Ea, donde vivían sus hijos: Eetes y Circe. Se contaba también que sus caballos descansaban en la Isla de los Bienaventurados, en el borde occidental de la Tierra, donde se alimentaban con una hierba mágica.
Helio tuvo otras posesiones en la Tierra. Cuando los dioses se repartieron el mundo, Helio, que estaba ausente, no fue incluido en el reparto. Quejóse de ello a Zeus, y entonces se le asignó una isla que apenas comenzaba a emerger de las aguas; la llamó Rodas, por se éste el nombre de la ninfa Rodo, a quien amaba.
En cierta ocasión estalló un altercado entre Posidón y Helio, que se disputaban el istmo de Corinto. Los dos querellantes eligieron como árbitro al gigante Brioreo, quién zanjó el asunto atribuyendo a Posidón el Istmo, y reservando el Acrocorinto para Helio. Posteriormente, éste cedió su parte a Afrodita.
Además de sus caballos, helio poseía otros animales, que tenía en la isla Trinacria. Eran siete rebaños de bueyes y otros siete de cabras de hermoso vellón, cada uno de los cuales constaba de cincuenta cabezas. Esta cifra no se alteró jamás, de igual forma que se mantuvo constante la de trescientos cincuenta días y trescientas cincuenta noches del año primitivo. La custodia de estos rebaños fue confiada a dos hijas del dios: Faetusa y Lampetia, que vieron un día cómo llegaban a su territorio Ulises y sus compañeros, los cuales, contraviniendo las órdenes de su jefe, se atrevieron a profanar el ganado divino. “Dando caza a las hermosas ternera de ancha frente que pacían no lejos de la azulada proa, las mataron, cortaron sus carnes en trozos y las pusieron en asadores”. Lampetia corrió a informar a Helio, quien se quejó a los dioses, amenazándolos con sumergirse en las profundidades del Hades e iluminar a los muertos. Zeus lo tranquilizó con la promesa de traspasar con sus rayos a tan insensatos mortales.
Dios de la luz, Helio era también el dios que lo ve todo y lo sabe todo. De él pudo decirse lo que Píndaro de Apolo; “Es el dios que escruta los corazones, el infalible, a quien no pueden engañar los inmortales ni los morales, ni con sus acciones ni con sus secretos pensamientos”. Análogamente, Shamash era, entre los asiriobabilonios, el dios que descubre los delitos de los malvados. A helio nada se le oculta; lo mismo cuando comunica a Deméter el rapto de su hija, que cuando revela a Hefesto la traición de Afrodita.
Helio tuvo muchas esposas: la oceánida Perse, que le dio dos hijos, Eates y Perses, y dos hijas, Circe y Pasífae. Nerea, que dio a luz a Faetusa y Lampetia, las dos guardianas de sus rebaños. La ninfa Rodo, ee la que tuvo siete hijos, los Helíadas, y una hija, Electríone. Los Helíadas se distinguieron por su aguda inteligencia, y se les atribuía el perfeccionamiento de las construcciones navales, así como la división del día en horas. Uno de ellos, Tenagis, especialmente dotado, provocó la animosidad y celos de sus hermanos, que acabaron por darle muerte. Después de este asesinato, los Helíadas se dispersaron por las islas próximas a Rodas.
Aún podemos mencionar, entre las esposas de Helio, a Gea, de la que tuvo un hijo, Aquello; Ifínoe (Ifíboe) o Naupídama, madre de Augias, y, por último, Clímene, esposa de Mérope, rey de los etíopes, la cual le dio siete hijas, las Helíades, y un hijo, Faetonte.

La hermana de Helio, SELENE, conocida también como Mene, iluminaba con su corona de oro la atmósfera en tinieblas. Al atardecer, cuando su hermano terminaba su recorrido, comenzaba el suyo la divina Selene de amplias alas: “Después de bañar su hermoso cuerpo en el Océano, se ponía resplandecientes vestiduras y ascendía por el cielo, en un carro tirado por hermosos corceles”. A veces se la podía ver montando un caballo, un mulo e incluso un toro.
Aunque suele ser considerada como hija de Hiperión y Teia, o Euritesa, en ciertas ocasiones se le asigna como padre a Helio o al mismo Zeus.
Su belleza le granjeó el amor del dios de los dioses, del que concibió tres hijos: Pandia, “notable, entre los inmortales por su hermosura”; Erse (el Rocío) y Nemea. A propósito de esta última, se contaba que el león de Nemea nació también de la unión de zeus y Selene, y cayó de la Luna a la Tierra.
Un nuevo amor de Selene fue el del dios Pan, que adoptó la forma de un carnero blanco y atrajo a su amada al fondo de un bosque de Arcadia.
Sin embargo, la leyenda ha hecho especial hincapié en los amores de Selene y Endimión. Su relato difería, según fuera explicado en Élide o en Carias. En Élide se decía que Endimión era un rey del país, cuya tumba se mostraba en Olimpia; de su unión con Selene nacieron cincuenta hijas. Y según la tradición caria, Endimión era un joven príncipe que, encontrándose un día de caza, se detuvo a descansar en una fresca cueva del Monte Latmo, donde se quedó dormido. Lo vio Selene, y, cautivada por su hermosura, se aprovechó de su sueño para robarle un beso. Este sueño de Endimión también lo explica la leyenda refiriendo que al admitir Zeus a su nieto en el Olimpo, pues era hijo de Etlio y de Calice, Endimión faltó al respeto a Hera puesto que se atrevió a aspirar al amor de la diosa, por lo que fue condenado a un sueño perpetuo. Pero según la versión más conocida, Zeus permitió a Endimión que eligiera la clase de vida que más le agradara y eligió la de vivir eternamente dormido y ajeno, por tanto, a la muerte y al despertar.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que la fiel Selene bajaba invariablemente cada noche a contemplar en silencio a su dormido amante. Así, los amistosos rayos de la luna vienen cotidianamente a acariciar el sueño de los humanos.

Ciertos mitólogos entienden que el mito de Endimión trata del Sol Poniente que se sumerge en las aguas del Océano o en la caverna de Latmos para dormir en el seno de la Noche. Allí representa el Sol que deja de brillar para esparcir la bellaza de su luz sobre la tierra, en el Ocaso, momento en que sale la Luna, que lo contempla con arrobamiento. En cuanto a las cincuenta hijas habidas de la unión de los dos amantes, se refiere a las 50 Lunas que se contaban de una a otra Olimpiada.