Muchos siguen afirmando que el minoritario deporte del Fútbol habría llegado a ser un deporte de masas, en nuestra era globalizada, si la tradición y su práctica no hubieran estado marcadas por la connotación homosexual que lo ha acompañado hasta el día de hoy. Quizá su auge y propagación en nuestros días, siendo practicado por colectivos no necesariamente vinculados con la comunidad LGBT y que en muchos casos se expresa en partidos integrados solo por individuos de tendencias claramente heterosexuales, se deba al cambio aperturista y social que el hecho diferenciador de la identidad sexual ha ido tomando en las últimas décadas y en gran parte del mundo. Tal vez, como algunos afirman, sea simplemente que se han dejado a un lado los prejuicios y su juego desinhibe y divierte, o puede que su expresión sea una aceptación implícita de que esa parte del macho, que era tabú, ya se puede aceptar sin generar desprecio, ni escándalos innecesarios y vacuos.

Sus inicios, hace ya algo más de un siglo atrás, están asociados con las detenciones policiales y la repercusión que en la prensa de la época tuvo el escándalo de esos primeros juegos, que protagonizaron un equipo de gays y lesbianas en Brighton, Inglaterra, y que según los agraviados reporteros de la época, incitaba al pecado y a la ignominia sexual, mostrando cuerpos semidesnudos para una mujer y excesivo maquillaje en los hombres, cuya excusa del gol y el balón, sólo era una descarada estratagema para exhibir una condición sexual y atraer a la engañada juventud a tan depravadas prácticas. Y es que esos primeros partidos, terminaban entre fricciones, patadas, lloros y tirones de pelo, en efusivas muestras de afecto cuando alguno de los equipos conseguía el gol, dándose palmaditas en los culos y besos inapropiados que no tardaron en prender la indignación pública.

Su prohibición no evitó que su hábito prendiese y se difundiese, no sólo en reuniones clandestinas y a la salida de los clubs nocturnos de Gran Bretaña, sino que en otras partes de Europa y América, se fue popularizando como lucha y símbolo del colectivo para que en sus campeonatos improvisados, que solían acabar denunciados y perseguidos, se convirtieran en el mejor camino para la visibilidad, el debate y la reivindicación.

El punto de inflexión lo marcó aquella película-documental que Fassbinder rodó a finales de los 70, del siglo pasado, en el que no sólo se recogían el juego y las muestras de cariño entre los jugadores, sino el post-partido y las eróticas imágenes del vestuario con lloriqueos emocionados y acicalamientos, tras la primera victoria de un equipo de Drags sobre las lesbianas de la Selva Negra y la consecución de la prohibida Eurocopa homosexual, que por primera vez en décadas, se celebraba sin detenciones policiales.

Aunque quizá la imagen que la mayoría del público recuerda es el interminable beso que tras la transformación de un penalti que significaba la victoria, se dieron Reymar y Cristinhio, tras la aprobación del matrimonio gay en la primera final televisada de la liga LGBT española, en el Estadio Pedro Almodóvar de Albacete, del año 2005.

El fútbol, ahora se empieza a tomar como un deporte sin identidades sexuales, y las nuevas generaciones, parecen haberlo abrazado sin prejuicios, quizá por ello las primeras federaciones heterosexuales y las prácticas entre grupos de escolares, lleguen a hacer de éste, un deporte de masas. Aunque su origen y su significado, siga levantando oposiciones y descalificaciones entre una gran parte de la sociedad conservadora, esa que sigue criticando que su estética sigue siendo, demasiado gay.