En la primera de las crónicas de La noche del mundo de Alejandro Modarelli, una crisis respiratoria lleva al escritor a un hospital; el texto se extiende sobre las imágenes que surgen de la conciencia narcotizada y sobre los deseos que siguen palpitando en el cuerpo yacente. Éste y el resto de los textos recorren lugares del pasado de la vida gay, narran las venturas y desventuras de los cuerpos, las historias de los seres que acompañan las fantasías, los fervores, los terrores del cronista.

En Osvaldo de Mariano Dorr, los avatares del narrador se articulan con la reconstrucción de la historia de su padre; la novela avanza en un contrapunto alucinado hasta una mudanza de la casa familiar que tiene algo de fuga, saqueo, derrumbe, una escena en que las intensidades del pasado brillan con la nitidez hipnótica de lo fantasmal.

En Modarelli y en Dorr, vivencia y lenguaje vibran juntos entre la exaltación de la vida presente, la tragedia y la risa; se nos hace habitable el vacío que sigue a la desaparición de los seres que también somos nosotros, se rescatan trayectorias cuya estela nos acompaña en “la noche del mundo” en la que ambos libros no dejan de recordarnos que nos vamos hundiendo. La noche en la que reaparece la obra reunida de Francisco Madariaga, la maravillosa edición de tapas oscuras en que la voz del poeta correntino promete brillar para siempre.